"En donde no esté el Buda pasa rápidamente y sigue sin detenerte;
pero en donde él se encuentre, pasa aún más rápido..."

Arts. Meditación

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viernes, 17 de junio de 2011

El viaje de Jikusan


Patricio Goycoolea, monje zen:

Entras con la mano derecha empuñada y la izquierda encima. Entras por un costado de la puerta. Entras por el lado izquierdo, con el pie derecho. Inclinas tu cuerpo en señal de reverencia. Saludas a la sala. Caminas hasta tu puesto. Inclinas tu cuerpo en señal de reverencia. Saludas el zafu -el cojín-. Te sientas. Por el lado derecho giras y quedas mirando hacia la pared. Cruzas las piernas tratando de que las rodillas lleguen al suelo. Pones la mano derecha abajo, la izquierda encima. Los dedos sobre los dedos. Que no pasen a la palma. La punta de los pulgares topándose y las manos contra el abdomen. La espalda bien derecha. La cabeza bien estirada hacia arriba. El mentón recogido contra el pecho. Los ojos entrecerrados, pero sin ver -para dejar entrar un poco de luz a la cabeza y estar aquí y ahora todo el tiempo- . Inhalas y exhalas por la nariz haciendo la fuerza con el abdomen. Nos centramos en el jara -dos o tres dedos debajo del ombligo-. Ahí existes durante la meditación. Respiras profundo. Lejos de la cabeza. Surja lo que surja en la mente, no lo rechazas, dejas que pase de largo. Así continuamos. Para forzar a la mente a centrarse en el abdomen, en el lugar donde estamos respirando, en el jara, vas contando las respiraciones. Inhalas, al exhalar cuentas uno. Inhalas, al exhalar cuentas dos. Así hasta diez. Luego hasta diez de nuevo. Si pierdes la cuenta, no importa, empiezas en uno de nuevo.

Una campanada. Dos campanadas. Tres campanadas. Empieza el zazen -la meditación-.

Un niño descendiente de una de las familias más tradicionales chilenas. Su tatarabuela fue Candelaria Goyenechea, su abuela Rosario Espoz, sus padres, Narciso Goycoolea y Ada Zerbi. Su nombre es Patricio y junto a sus tres hermanos y hermana juega en el fundo de su familia que se extiende entre Santa María de Manquehue y el centro comercial Lo Castillo. Montan a caballo, ordeñan vacas, andan en bicicleta, cosechan en el huerto. La casa se encuentra entre Espoz y Juan Bautista Pastene. La lechería en Embajador Doussinague y Buenaventura. Y las chancheras en Vitacura. Esto fue hace 60 años, cuando la ciudad llegaba sólo hasta Providencia y éste era uno de los fundos más grandes que había.

El zen no es yoga, no es budismo, no es meditación. Es una actitud de vida que envuelve estas tres disciplinas. La palabra zen viene del sánscrito dhyâna -que significa meditación- cuyo origen proviene de la India. Los principios se traspasaron a China con el nombre chán y finalmente a Japón donde lo bautizaron como zen.

La práctica se ha transmitido ininterrumpidamente durante dos milenios y medio cuando el príncipe Siddhârtha Gautama - después se conoció como Buda-, harto de placeres y satisfacciones de los sentidos y los deseos, fue a buscar algo que le diera sentido a su vida. No podía creer que existiera el dolor y el sufrimiento. Vivió como príncipe hasta los 29 años y luego abandonó a su esposa y a su hijo. Partió con la cabeza rapada sin dinero ni bienes de ninguna clase en busca de la iluminación. En medio de la búsqueda desarrolló esta práctica. Pasó a ser el despierto -es decir, Buda-. Y la enseñanza comenzó a transmitirse de discípulo en discípulo hasta el día de hoy.

Patricio Goycoolea estudia en The Grange School. Después sigue con ingeniería comercial en la Universidad Católica. La carrera de moda en los años ´60. Sus compañeros hoy son ministros, diplomáticos y Presidente. Ejerce un tiempo como ejecutivo de empresas. Tiene ingresos, cambia el auto, viaja en primera clase. Es bueno para las fiestas. Le gusta el trasnoche y el jet set. Toma gin y fuma cigarros sin filtros. No le faltan nunca las pololas.

El olor a incienso inunda la sala de espera. Es la señal de llamado. La ceremonia del té está lista. Todo está perfectamente ordenado, limpio, preparado por el monje Jikusan -cuyo nombre significa compasión del cielo en japonés-, quien realizará el rito. Es un lugar de silencio, de reflexión, de encontrarse con uno mismo. Un momento de calma, fuera del ruido de la vida cotidiana. La habitación de murallas blancas, piso flotante, decorada sólo con un par de lámparas japonesas, un mueble de arrimo y un escritorio. El centro de la habitación está libre. El piso lo cubre un tatami -una carpeta japonesa acolchada, de esteras gruesas de paja prensada-; sobre él, pequeños utensilios para realizar la ceremonia están milimétricamente puestos en cada lugar.

La decoración es una ventana alargada que muestra los jardines exteriores. Todo quieto. Todo en silencio. Todo natural. Los invitados toman su lugar sobre el tatami, sentados con las rodillas flectadas sobre los pies y las manos sobre las piernas. El primer paso es comer el dulce que está en un pequeño plato rectangular. Es una delicada flor de dulce de mora. Jikusan saca con una pequeña cucharita de madera un poco de matcha -té verde de color intenso en polvo, de sabor fuerte, sacado de los brotes del arbusto del té en Japón- y lo deja en una taza. Saca un termo con el logo de Starbucks en la tapa -originalmente en Japón se hace con una tetera de fierro- y vierte el agua sobre el polvo verde pasto. El agua tiene que ser en la medida justa para que alcance sólo para tres sorbos. Si falta o sobra agua es error de la persona que lo preparó. Saca un trozo de bambú cortado entre 80 y 120 hebras que usa para batir, y que parece una brocha. El sonido de la ceremonia es el ruido que hace el batidor manual al revolver. Queda una espuma en la superficie, donde cada globito tiene que ser idéntico uno del otro. El monje Jikusan toma la taza y la deja al frente de una invitada. Las manos de la mujer se deslizan hasta el suelo y luego toma la taza con la mano derecha, hasta dejarla sobre la palma izquierda. La eleva a la altura del corazón. Le da dos giros para que el decorado quede hacia ella. Lo bebe.

A los 26 años Patricio Goycoolea decide dedicarse completamente a lo que le gusta: la fotografía. Se va a Buenos Aires y luego a Inglaterra a trabajar para la agencia Europa Press y las revistas Visa, Master y American Express. Grandes publicaciones imprimen sus trabajos: Life, Daily Telegraph, Larousse. Viaja por todo el mundo haciendo fotografías. Conoce a Victoria Rose, su esposa, perteneciente a la elite británica. Viajan juntos durante tres años recorriendo áfrica, India y las islas de la Polinesia. Es feliz. Pero cada cierto tiempo le vienen grandes crisis. Nacen sus hijos Nármada, en Chile, y Pedro León, en Inglaterra. Patricio está cada vez más deprimido. Victoria Rose se va con sus hijos. Patricio comienza su historia como Siddhârtha Gautama.

Zendo significa camino del zen. El Zendo Tunquén está en el kilómetro 5,5 camino al balneario desde el desvío de la ruta a Quintay. Está en una explanada donde hay sofisticadas casas de veraneo, alejadas unas de otras. Está al fin del camino. No hay playa. Sólo roqueríos y pozas al bajar el acantilado, donde Jikusan y Maxi -un chef argentino practicante zen que vive en el lugar desde su inauguración en marzo pasado- recolectan cochayuyo, la base de la dieta: cochayuyo al shukuza -desayuno-; cochayuyo al saiza -almuerzo-; cochayuyo al yakuseki -cena-. Hay una pequeña huerta donde cultivan zanahoria, zapallo y otros vegetales para complementar la dieta satwica que no contiene carnes, mariscos, huevo, ajo, cebolla, alcohol ni cigarro.

Para inspirar la tranquilidad hay jardines zen hechos meticulosamente con arena y piedras para la contemplación en conjunto con la naturaleza. árboles, plantas y flores son parte del paisaje que descubren los hasta nueve visitantes que llegan cada fin de semana para hacer un retiro espiritual, la mayoría jóvenes entre 18 y 25 años. Hay una pieza para hombres, otra para mujeres. Cada una con su respectivo baño. No hay camas. Sólo tatamis para que cada huésped ponga su saco de dormir. Hay restricciones de luz, los paneles solares no dan a basto para un gasto excesivo. Son más hombres que mujeres los que llegan.

-¿Por qué?

-Porque a las mujeres les cuesta más quedarse calladas -bromea Jikusan.

Es 1989. Patricio Goycoolea llega a un monasterio llamado Bukkokuji en la ciudad de Obama, al sur de Japón, a sacar fotografías por encargo de la revista Visa para un reportaje. Se enamora del lugar. Se queda. Es lo que anda buscando para darle un sentido a su vida. Pasan diez años. Medita. Se afeita la cabeza y la barba. Hace yoga. Mendiga por las casas del pueblo cantando sutras -discursos dados por Buda- a cambio de comida y un poco de dinero. Sonríe durante tres años seguidos. No se mira a un espejo. Se levanta a las 3:30 de la madrugada. Come arroz, verduras, tofu y sopa miso. Se baña cada cuatro días. No sabe el día, ni el mes, ni el año en que está. Se viste con túnicas medievales y sandalias de paja. No habla con nadie. Se olvida de su nombre. Allá todos lo llaman Jikusan. Su nombre al ordenarse monje.

-¿Que sintió usted cuando supo que su hijo desaparecería por una década?

-Es muy ladino en sus cosas. No te dice de frentón "me voy por diez años", sino que está viajando y se va quedando. Uno no recibe el impacto de la novedad de la noticia. Es muy diablazo -dice su madre Ada Zerbi, de 93 años.

Al salir del monasterio, Jikusan parece perdido. No sabe qué eran esas pantallitas que las personas miraban en los cafés. No sabe que los fax ya no existen y que para poder avisar en Chile que ha vuelto a la vida cotidiana necesita de una dirección de correo electrónico y conexión a internet. No sabe que sus cámaras con rollos están obsoletas y que la última tecnología en fotografía son unas que guardan las fotos en unos cuadritos de plástico con terminales metálicos. Parte a viajar por el Oriente. Llega a Inglaterra por seis meses. Allí encuentra a sus hijos que no veía hace 15 años. Vuelve a Chile. Funda un zendo en El Molle, a la entrada del Valle de Elqui. Vive ahí durante siete años. Semanalmente realiza talleres de meditación en la cárcel de La Serena. Cierra el zendo, en 2007. Un amigo le financiaría otro centro en un lugar más tranquilo. Viene la crisis económica. La idea queda estancada. Parte a viajar por el Oriente.

Ingrid Antonijevic -ministra de Economía en el gobierno de Michelle Bachelet desde marzo a julio de 2006- viaja en septiembre de 2009 a una reunión del Foro de Cooperación Económica de Asia Pacífico (APEC) en Singapur. Al terminar el encuentro se reúne en Tailandia con su viejo amigo Jikusan en Bangkok. Lo encuentra muy enfermo. Se ha contagiado unas amebas. Para animarlo a volver a Chile y que no siguiera vagando, Ingrid le cuenta que su casa de Tunquén va a quedar sola, porque los cuidadores que tiene se van. Tiene una cabaña y un garage que se pueden remodelar como zendo. Jikusan vuelve un mes después a Chile. Va a ver la casa y es el lugar apropiado.

A las 5:10 de la mañana suena la campana para despertar -shinrei- en el Zendo Tunquén. En 20 minutos comienza el primer zazen del día. Los participantes entran al antiguo garage donde hoy es un salón acondicionado para la meditación. Una campanada. Dos campanadas. Tres campanadas. Termina el zazen. Durante la mañana se hacen ejercicios, se cantan sutras y se toma desayuno. Luego hay que asear la cocina y el comedor. Realizar trabajos en silencio. Siempre hay algo por hacer, regar, plantar, arreglar el jardín, ordenar, limpiar. Así se practica el zen en movimiento, para nunca perder el centro a pesar de no estar meditando sentado. Viene el almuerzo. Más trabajo en silencio. La cena y meditación, ejercicios y sutras. A las nueve de la noche se termina el día. A dormir.

Jikusan no es feliz ni infeliz. Sólo es. Ser cada instante. Jikusan no ama ni odia. Su verdadero ser es todo, incluye todas las cosas. Jikusan cuando se hizo monje se comprometió a tres votos: no tocar el mal, no aferrarse al bien, y vivir el aquí y el ahora. Vive el momento presente, no sufre por el pasado y no se pierde pensando en lo que pasará mañana. No necesita nada. Todo se le da cuando requiere algo. Mágicamente aparece un auto cuando está en la mitad de la nada o algún alimento cuando desfallece de hambre. No tiene apegos. Pasa mucho tiempo en silencio. El silencio es su mejor música y su mejor danza es el zazen.

-¿Está usted iluminado?

-Si una persona dice que sí, es porque no. Y si dices que no, nunca lo vas a saber.

El zen no es yoga, no es budismo, no es meditación. Es una actitud de vida que envuelve estas tres disciplinas.

18/01/2011

Fuente. Revista Ya - El Mercurio

2 comentarios:

soloenrojo dijo...

El señor patricio goycoolea . Es un simple monje. No es maestro. Miente. Es un egocentrista. Yo fui su alumna . Soy bodhisattva. Y tuve que soportar . Sus gritos. Sus mal tratos. Hasta que tuve que retirarme. No antes haciendole entender que yo no viajaba desde buenos aires hasta chile a verlo a él . Como él lo pensaba. Iba por amor a buda y porque era budista desde hacia 30 y tantos años. Un pobre monje fotógrafo con problemas nerviosos tipicos de un anciano de 75 años. ,el budismo no acepta el mal trato.

RENE dijo...

NO CONOZCO A PATRICIO ,PERO QUE LASTIMA QUE SOLOENROJO ESTE TAN HERIDA , TODOS TENEMOS ESPERANZAS Y A VECES NOS HACEMOS FALSAS ILUSIONES CON LO QUE VAMOS A CONOCER Y AL NO ESTAR ESTAS EN CONCORDANCIA CON NUESTROS DESEOS NOS LASTIMAMOS NOSOTROS MISMOS , USUALMENTE EL ZEN NOS SIRVE PARA DESHACER ESA FALSA IMAGEN DE ESPIRITUALIDAD QUE CREAMOS PARA TENER DONDE APOYARNOS ,,,,




"Existen estas cinco realidades en las que uno debería reflexionar a menudo,
ya sea mujer u hombre, laico o monje. Y, ¿cuáles son estas cinco?
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“Así pues, la meta para el buddhista no es la felicidad, porque nos damos cuenta de que la felicidad es insatisfactoria. La meta queda lejos del mundo de los sentidos. No consiste en rechazar el mundo de los sentidos, sino en conocerlo tan bien que ya no lo persigamos como un fin en sí mismo.

Ya no esperamos que el mundo de los sentidos nos satisfaga. Ya no exigimos que la conciencia sensorial sea otra cosa que una condición existente que podemos utilizar hábilmente según el momento y el lugar. Ya no nos apegamos a ella, ni exigimos que el impacto sensorial sea siempre agradable, ni nos desesperamos y apenamos cuando es desagradable.

Nibbana no es un estado en blanco, un trance en el que te borras completamente. No es la nada ni la aniquilación: es como un espacio. Es como ir al lugar de tu mente en el que no te apegas, en el que ya no te confunde la apariencia de las cosas. Ya no exiges nada del mundo de los sentidos. Simplemente lo reconoces mientras surge y se desvanece”.