"En donde no esté el Buda pasa rápidamente y sigue sin detenerte;
pero en donde él se encuentre, pasa aún más rápido..."

Arts. Meditación

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viernes, 30 de julio de 2010

Las Cosas Tal Cual Son, conversaciones con Ven. Ajahn Sumedho

Maestro Hua y Ajahn Sumedho

Las Cosas Tal Cual Son, conversaciones con Ven. Ajahn Sumedho
Por Gonzalo Brito

(Mie 30 Jun 2010)

Acá les dejo un artículo nacido de las charlas ofrecidas en el Dojo Lo Cañas (Chile) por Ven. Ajahn Sumedho, maestro de meditación en la tradición Theravada, abad de Amaravatti Buddhist Monastery.

Todos quienes asistimos a este encuentro quedamos encantados con la simpleza de las explicaciones y la increíble risa de Sumedho, sobre todo tomando en cuenta de que la risa no es una cualidad siempre valorada en el Budismo Theravada...

El Budismo Theravada es la más antigua de todas las escuelas Budistas que existen en el mundo, floreciendo aún hoy en países como Tailandia, Sri Lanka, Myanmar, Laos, Camboya y Bangladesh. Los monjes y monjas (Bikkhus y Bikkhunis) llevan una práctica de gran austeridad que se basa en el vinaya o código monástico, dedicando su vida completamente a la práctica de la meditación, ya sea en prácticas formales tales como Samatha -estabilidad de la mente- o Vipassana -visión cabal-, o bien manteniendo la mente despierta y vigilante en cada acto de la vida diaria.

Durante la primera quincena de noviembre visitó Chile por primera vez el Venerable Bhikkhu Ajahn Sumedho, monje Budista de la escuela Theravada y Abad del Monasterio Budista Amaravati en el Reino Unido. Dedicado desde hace más de 35 años a la practica y enseñanza del Budismo, actualmente Ajahn Sumedho, de nacionalidad Estadounidense/Británica, se ha convertido en uno de los más venerados y conocidos monjes en Tailandia y en otras partes del mundo.

Entre las diversas actividades que se realizaron en torno a su visita, el Domingo 9 de noviembre se realizó en el Dojo Cordillera, Santa Sofía de lo Cañas, un encuentro organizado por los grupos de práctica Budista Zen de Santiago. Con un estilo directo y con una sonrisa inolvidable para todos quienes pudimos compartir con él, este hombre enorme y sencillo conversó con los practicantes de las diversas escuelas budistas que allí se congregaron. El énfasis central de su enseñanza es la práctica de la Plena Conciencia (awareness, mindfulness) y de cómo llevarla a nuestra experiencia diaria, en el trabajo, en nuestras relaciones de pareja, en nuestra relación con nosotros mismos y en cada acto cotidiano.

LA MENTE DE BUDDHA.

¿Cuál es el punto esencial en la meditación en el Theravada?

Hay dos frases que utilizamos para la reflexión en nuestra práctica. Una es “Todas las condiciones son impermanentes”, y la otra, “Todos los dharmas no tienen Yo”. Estos no son dogmas sino que más bien son puntos a reflexionar. En Vipassana apuntamos a darnos cuenta del hecho de la impermanencia. No es que proyectemos la idea de impermanencia, sino que intentamos traer atención a la naturaleza cambiante de todo lo que existe: el cuerpo, los estados mentales, las emociones. Como todas las condiciones son impermanentes, ponemos atención a cada experiencia y notamos su interdependencia con todas las otras condiciones. Por ejemplo, si observamos el proceso de ver, nos damos cuenta de que la vista depende de otras condiciones, como la luz, pues para que emerja un color tiene que haber suficiente luz.

En Vipassana nosotros investigamos todo lo que sucede en el presente, como el sonido de los pájaros que en este instante viene desde afuera, el cual no se mantiene fijo, sino que tiene un comienzo y un final. O si estamos observando la respiración, nos damos cuenta de que cuando inhalamos no podemos seguir inhalando para siempre, llega un momento donde la inhalación se acaba y a ésta le sigue la exhalación. Es un movimiento que no termina. Entonces, es la vigilancia o Plena Conciencia del cambio constante lo que aprendemos a cultivar. Esa lucidez es capaz de mantenerse a sí misma más allá del surgimiento y desaparición de las condiciones observadas. Esta vigilancia está siempre allí y nos permite darnos cuenta de las condiciones limitadas y transitorias. Caemos en cuenta de que tanto las sensaciones, como las emociones, los estados mentales y las percepciones son cambiantes.

La segunda sentencia, “Todos los dharmas (existencias) no tienen un Yo”, apunta a la vacuidad de todas las cosas. Esta frase nos otorga una reflexión acerca de la fundamental impermanencia del “yo” que creamos a partir de los sankharas. Utilizamos la palabra sankhara para designar todo aquello que experimentamos a través de los sentidos y los estados mentales que creamos a partir de ellos. Mi personalidad, mis sentimientos, mi cuerpo, mis recuerdos, todos ellos son sankhras que confluyen para crear mi persona.

Si sabemos que todos los sankharas son impermanentes, comenzamos a comprender que el “yo” que conforman tampoco permanece en términos de una personalidad o de un “mi” permanente e individual. No es posible encontrar una entidad tal, un “yo” que tenga la estabilidad que creemos.

El despertar a la realidad incondicionada puede ser realizada cuando soltamos nuestra identificación con lo condicionado, pudiendo despertar a una realidad sin muerte. No es posible lograr la Liberación o Nirvana de una manera personal. No puedo reclamarlo como algo mío, como algo que me pertenece, sino que es más bien un estar despierto, un darse cuenta que está más allá de nuestras percepciones y nuestros patrones habituales de pensamiento.

ALEGRÍA, SUFRIMIENTO Y ECUANIMIDAD.

¿Cuál es el lugar del Sufrimiento en el Budismo?

Dukkham es una palabra pali quiere decir “insatisfactorio”, aunque la palabra “sufrimiento” es una traducción más usada en occidente. Si miras estas flores del altar, no podemos decir que haya algo malo en ellas, son hermosas en su estado presente, pero no pueden satisfacerme totalmente porque comparten su condición de efímeras con todas las existencias. No podemos depender de ningún objeto para que nos dé una satisfacción permanente. Cuando buscamos satisfacción permanente o felicidad en los fenómenos condicionados nunca tenemos suficiente, siempre quedamos insatisfechos, es lo que pasa con el dinero, el éxito, cualquier cosa. Incluso si tienes a tu alcance todo lo mejor, siempre hay algo que falta, la insatisfacción siempre continúa.

¿Qué pasa cuando nos gusta lo que está pasando y sabemos que también se acaba?

Cuando lo estás pasando bien no necesitas ser paciente, de hacho cuando estás contento el tiempo se va muy rápido. Pero si observas a las personas que llevan una vida llena de placer puedes notar que por lo general hay también en ellos un gran miedo de perder lo que tienen, porque en el fondo no es algo que puedas retener o asegurar. Entonces simplemente reconocer este hecho es una buena práctica, reconocer el placer y la felicidad y apreciarlo en toda su dimensión. Pero una vez que intentas atraparlo y asegurarlo, sólo logras destruirlo, se transforma en algo desagradable. En cambio si desarrollas la conciencia de que estás viviendo un momento placentero que tiene un inicio y un fin, no haces de eso un problema, no te mantienes atado a las condiciones placenteras.

William Blake tiene un poema que me gusta mucho: “Aquel que ata su vida a un gozo, acaba por destruir su vida / pero aquel que besa la alegría mientras vuela, vive en un eterno amanecer”.

¿Cuál es la importancia de la alegría en la práctica espiritual? ¿Cómo conservarla siendo conscientes del sufrimiento y la impermanencia?

Si sabemos racionalmente que todo es sufrimiento y luego proyectamos esta racionalización a todas nuestras experiencias, entonces comenzamos a pensar así: “estas flores son insatisfactorias, esa imagen de Buda es insatisfactoria, y todo es fundamentalmente insatisfactorio...”. Algunas personas se aferran a la idea de sufrimiento y la proyectan y se vuelven demasiado serios y graves, e incluso llegan a deprimirse. El aferramiento a percepciones negativas nos conducen a una perspectiva bastante estrecha desde la cual percibimos todo como negativo. Pero la alegría o gozo es una experiencia emocional natural que surge del hecho de no aferrarse, es algo que emerge cuando uno no trata de asegurar la propia felicidad, sino que surge de forma espontánea.

Usamos la palabra “felicidad” cuando logramos algo que deseamos. Cuando no obtengo eso que deseo, entonces no estoy feliz. Mientras que la alegría, la dicha, no está buscando nada, es una condición espontánea. Si me contacto con estas flores, puede haber un momento gozoso, pero quizás si yo quisiera apoderarme de esas flores, podría matar esa alegría.

Si reconocemos que a nuestro alrededor hay siempre disponible bastantes cosas por las cuales alegrarnos y estamos abiertos a ellas, me doy cuenta de que la alegría es una condición natural, es el modo en que las cosas son.

¿Cómo lograr la ecuanimidad?

Las reacciones que tenemos hacia las cosas nos muestran que el mundo emocional en que vivimos es muy cambiante. Por ejemplo cuando escuchamos la voz del ser amado, estamos felices, pero si escuchamos el ruido de un serrucho, sentimos aversión,. Las experiencia placenteras o displacenteras que tenemos a través de los sentidos tienen este efecto en nosotros.

La ecuanimidades es una cualidad que se logra a través de la conciencia abierta (awareness), y ella puede dar una continuidad más allá del flujo cambiante de las experiencias de placer/displacer. Así, aunque sigamos inclinados hacia los sonidos bellos y repelidos por los sonidos feos, si tomamos refugio en la ecuanimidad nos mantenemos mas allá del placer/displacer. De esta forma, el canto del pájaro sigue siendo hermoso y podemos apreciarlo completamente, pero no nos perdemos en ello. Y cuando escuchamos el serrucho eléctrico, nos damos cuenta de que no nos agrada el sonido, pero no creamos aversión hacia él y no hacemos de eso un problema. Por lo tanto, la ecuanimidad no es una especie de indiferencia aburrida, sino que una perspectiva amplia frente a las condiciones cambiantes que experimentamos, evitando que quedemos apegados al placer y el dolor.

CUALQUIER LUGAR ES UN BUEN INICIO

¿En qué consisten los métodos de meditación Samatha y Vipassana?

En Samatha aprendes a concentrar la mente en un punto, eliges un objeto y te concentras en él. En la tradición Theravada tenemos alrededor de 42 objetos para la meditación (entre ellos la respiración) y lo que se logra es poner toda la atención en ese objeto, acabando por volverse uno con tal objeto. Así experimentamos felicidad mental y esto nos da una especie de estabilidad, una sensación brillante e iluminadora de disfrute en la meditación.

Con Vipassana, nuestro foco consiste en ver en qué lugar estamos dentro de nosotros mismos, en qué estado de la mente estamos. Así, por ejemplo, puedo notar en este zendo las condiciones son muy adecuadas, es un lugar que está diseñado para la meditación y las condiciones son conducentes para eso. Pero cuando dejas el zendo y vas a la ciudad y te subes al metro, las condiciones no son especialmente conducentes para la meditación Samatha. Si nos apegamos a la meditación Samatha le empezamos a tener miedo a las estaciones de metro. Entonces, es la plena conciencia lo que realmente tratamos de desarrollar, más que sólo estados positivos y refinados de la mente. El Buda puso su énfasis en la plena conciencia, dado que ésta acompaña a todas las cosas, mientras que Samatha tiende a focalizar y excluir.

Meditando en el Metro

Recuerdo que al llegar a Bhangkok el año 1966, había mucha gente interesada en el Budismo, y habían muchas visiones y opiniones diferentes. Yo me sentía completamente confundido con estas diferencias. Algunos decían: “tienes que desarrollar Samatha antes que Vipassana”. Otros decían: “Samatha no es más que apegarse a la paz y la tranquilidad, anda directo al Vipassana”. ¿Qué creer? Me encontré en ese entonces con un húngaro que había pasado mucho tiempo en un monasterio tremendamente estricto en alguna parte de Tailandia. Después de estar muchos meses ahí, tenía que venir a Bangkok a renovar su visa. Antes de salir del monasterio le preguntó al maestro “¿Puedo practicar Vipassana en Bhangkok?” Y el maestro le respondió “No, es imposible practicar Vipassana en Bhangkok”.¿Qué tenía de bueno practicar esta meditación si sólo lo podía hacer en un lugar especial?

Desde la plena conciencia puedes cobrar confianza en tu propia experiencia vivida. Puedo observar, por ejemplo, que en este zendo compartimos una misma atmósfera, entonces la sensación que tengo es la de sentirme cómodo. Y si voy a otra parte, al metro, o estoy en un taco, o dondequiera que sea, la conciencia no se queda afuera, yo puedo ver cómo todo eso afecta a mi propia experiencia.

La plena conciencia no es una función crítica, por ejemplo, si estoy en el metro no lo juzgo por ser distinto del zendo. Lo que logro es fluir con el permanente cambio de las cosas, aceptar el modo de ser de las cosas. El poder integrar esa conciencia al flujo y movimiento de nuestra vida diaria es el desarrollo de la sabiduría o Pañña, que es nuestra facultad de discernir que las cosas son tal cual son. Así podemos reconocer cuál es la atmósfera actualmente, cómo ella afecta mi experiencia ahora y cuál es mi reacción: me gusta o no me gusta esto, cuál es mi estado corporal, mis emociones y todo lo que me compone.

Tomando Refugio

En el monasterio de mi maestro –Ajahn Chah-, había que aprender a ser paciente, esa era la única manera en que uno podía sobrevivir allí. Era un buen lugar, pero cuando vienes de la costa oeste de los Estados Unidos, el adaptarse a la vida de monje errante en los bosques puede ser una experiencia muy frustrante. Cuando llegué allá, Ajan Chah me dijo que mi práctica principal consistiría en desarrollar la paciencia. El hecho de vivir como un monje budista requería un entrenamiento y una suerte de conformidad que a veces era bastante difícil e incluso vergonzosa.

Por ejemplo, Ajan Chah daba por las tardes largas charlas de 4 ó 5 horas en el dialecto del noreste de Tailandia, y al principio yo no entendía nada. Un le dije: “No entiendo nada de lo que dice, ¿podría ser yo eximido de las charlas e ir a mi pequeña cabaña a meditar?” -lo cual me parecía una petición muy razonable-. Él dijo: “No, tiene que quedarse aquí”. Entonces me tenía que quedar allí sentado, sintiendo una gran rabia dentro. Además, Ajan Chah era muy buen orador, por lo que todos estaban pasándolo bien excepto yo. Esto traía pensamientos de enojo: “me voy a ir, me largo de acá”, o empezaba a criticar al maestro: “él se cree que es muy buen orador, y no encuentro que sea tan bueno, no creo que sea muy inteligente”. A veces tenía que sujetarme porque lo único que quería hacer era pararme, gritar y salir corriendo. Pero la instrucción inicial de Ajan Chah era que desarrollara la paciencia, así que me lo tomé bastante en serio y aguanté.

A través de todo ello comencé a escucharme a mí mismo quejándome, y podía notar esta rabia adentro. Comencé a notar que existía también esta lucidez que era distinta a la rabia, que mi estado mental podía estar muy perturbado pero aquello que observaba, esa lucidez, no estaba furiosa. Entonces comencé a separar las dos cosas: me di cuenta que la frustración y la rabia dependían de las condiciones que emergen y cesan, mientras que la plena conciencia es una cualidad que puede observar lo que está pasando.

Entonces comencé a preguntarme en qué tomar refugio -en el sentido Budista del término. ¿Tomo refugio en mi estado de ánimo, que a veces es como un niño chico que tiene sus pataletas, con sus altos y bajos, o en la conciencia, en la lucidez de ver de eso? Cada vez se me hacía más claro que la decisión correcta era refugiarme en esa conciencia clara. Esto es lo que me dio la sensación de ser capaz de soportar, no de simplemente forzarme a través de mi fuerza de voluntad, sino que en un sentido más fuerte de confianza en esta lucidez en la cual podía descansar. Y entonces podía estar allí con cualquier tipo de experiencias que emocionalmente creía no ser capaz de aguantar. Esta lucidez es la mente de Buda.

YO Y LOS OTROS.

¿Cuál es la enseñanaza del Budismo respecto a las relaciones humanas? ¿Se contrapone el estar “aquí y ahora” con el establecimiento de compromisos?

Tomando en cuenta el hecho de que tanto nuestros sentimientos, al igual que las condiciones de las cuales éstos dependen, se están modificando todo el tiempo, nos damos cuenta de que no es tan raro que un día creamos amar a alguien y al día siguiente tengamos ganas de matarlo (risas).
Es una gran idea la de establecer un compromiso con alguien, pero es una idea que viene de la cabeza y, por lo tanto, suele ser muy elevada, muchas veces idealizada. Podríamos pensarla como una estrella guía que, aunque no puedas tocarla, te indica el rumbo.

Si practicas la plena conciencia puedes estar atento a cómo tus sentimientos cambian desde el estar enamorado a estar aburrido, o de mirar a otro u otra que sea mejor que tu pareja. Puedes estar más consciente de esta parte tuya que cambia constantemente, y de esta forma tener la opción de no tomarlo como algo tan personal, sino más bien desde la perspectiva de un observador que ve cómo todo esto cambia.

Entonces si tu compromiso es tu estrella guía, ella te puede entregar una cierta estabilidad, un foco y una dirección a través de los cambios que experimentan tus sentimientos, de los cambios que hay en tu pareja o de los cambios en las condiciones en que se da la relación.

Ya que la palabra “amor” (love) se usa en inglés para cualquier cosa, tengo que detenerme a observar qué es lo que realmente quiero decir cuando digo “amo a alguien”. Hay tantas canciones de amor que uno se puede confundir fácilmente respecto al significado de la palabra. Muchas veces decimos “love” para referirnos a algo que nos gusta (to like), lo cual quiere decir simplemente que las condiciones son adecuadas para que ese algo nos guste, y nos sentimos naturalmente atraídos hacia esa persaona. Si las condiciones se vuelven inadecuadas es probable que la persona no te guste más. Por ejemplo, la persona puede ser enojona o desordenada, y entonces cambian de inmedito tus sentimientos, ya que ahora hay razones para que te disguste tal persona. Entonces, en este caso no tiene sentido utilizar la palabra “amor”, porque es algo sumamente inestable que depende de condiciones pasajeras.

Se habrán dado cuenta de que cuando viven con alguien es imposible que esa persona les guste todo el tiempo. ¿Significa que ya no la amamos más? Los niños pueden ser bastante mañosos e insoportables a veces, pero así y todo sus madres los siguen amando. Entonces es fácil darse cuenta de que el amor no es algo que depende en que las condiciones sean positivas o favorables.

El amor para mí es algo bastante cercano a la plena conciencia. Cuando estoy conciente estoy en una posición de aceptar e incluir tanto al otro como a mí mismo y a las condiciones en que me encuentro de una manera no crítica. No se trata de volverse un estúpido que se engaña a sí mismo, sino que simplemente se trata de estar en un lugar desde el cual se aceptan las cosas tal cual son. De esta forma nos volvemos capaces de lidiar con los altos y bajos que implica la convivencia diaria con otras personas. En mi caso, por ejemplo, vivo en una comunidad de monjes y monjas, y la base de esta convivencia es el amor, lo cual me permite soportar las condiciones y las personas incluso cuando éstas no son de mi gusto. Como estoy comprometido a la vida monástica y esa es mi estrella guía, si tengo amor puedo aceptar las condiciones variables que surgen día a día y seguir adelante.

En la vida monástica pasa algo similar al amor de pareja. Al principio partes inspirado, admiras a los monjes y las monjas, estás completamente entusiasmado y enamorado de la vida monástica. Uno piensa “Oh, yo quiero ser monje por toda mi vida”. Pero luego de ser monje por un tiempo, empiezas a notar cosas que no te gustan de este tipo de vida, miras al maestro y le ves algunas fallas en el carácter. Sobre todo en una tradición monástica tan tradicional, hay tantas reglas que te parecen extrañas y que, en realidad, no te gustan tanto. ¿Qué hacer entonces?

Uno no se compromete a la vida monástica como un fin en sí mismo, sino que te comprometes a ella para lograr la liberación. Y esta es otra forma de mirar las relaciones de pareja, ya que si ves esa relación como un fin en sí mismo es muy probable que nunca acabe de llenar tus expectativas. Puedes mirar la vida de pareja de la misma manera que la vida monástica, con un fin más allá de sí misma, con una dirección que la trasciende.

Si mi compromiso es conciente, entonces puedo estar atento a mis propias desilusiones con la tradición y con a todas las cosas que surgen en el curso de mi relación con la vida monástica. Yo no le exijo a la tradición o a la vida monástica que sea perfecta, que no tenga fallas, que llene todas mis expectativas y que me mantenga contento todo el tiempo. Sé que es simplemente una forma que yo he tomado para seguir una determinada dirección.

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"Existen estas cinco realidades en las que uno debería reflexionar a menudo,
ya sea mujer u hombre, laico o monje. Y, ¿cuáles son estas cinco?
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“Así pues, la meta para el buddhista no es la felicidad, porque nos damos cuenta de que la felicidad es insatisfactoria. La meta queda lejos del mundo de los sentidos. No consiste en rechazar el mundo de los sentidos, sino en conocerlo tan bien que ya no lo persigamos como un fin en sí mismo.

Ya no esperamos que el mundo de los sentidos nos satisfaga. Ya no exigimos que la conciencia sensorial sea otra cosa que una condición existente que podemos utilizar hábilmente según el momento y el lugar. Ya no nos apegamos a ella, ni exigimos que el impacto sensorial sea siempre agradable, ni nos desesperamos y apenamos cuando es desagradable.

Nibbana no es un estado en blanco, un trance en el que te borras completamente. No es la nada ni la aniquilación: es como un espacio. Es como ir al lugar de tu mente en el que no te apegas, en el que ya no te confunde la apariencia de las cosas. Ya no exiges nada del mundo de los sentidos. Simplemente lo reconoces mientras surge y se desvanece”.

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