"En donde no esté el Buda pasa rápidamente y sigue sin detenerte;
pero en donde él se encuentre, pasa aún más rápido..."

Arts. Meditación

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miércoles, 3 de noviembre de 2010

Amistad (de Budismo sin Creencias)


Del mismo modo que el amanecer es el precursor de la salida del sol, la verdadera amistad es la precursora del surgimiento del Noble Camino Óctuple.
El Buda
La práctica del dharma no se limita a cultivar la resolución e integridad en la intimidad de nuestros corazones. Está encarnada en amistades. Nuestra práctica se nutre, sostiene y cuestiona a través del contacto con amigos y mentores, que buscan realizar el dharma en sus propias vidas.

Nacimos solos y moriremos solos. A menudo tenemos pensamientos y sentimientos que no podemos compartir completamente. Y sin embargo, nuestras vidas se definen en relación a los demás. El cuerpo es un testimonio de nuestros padres y numerosas generaciones de antepasados, el lenguaje atestigua de los compañeros del habla, los pensamientos más íntimos dan testimonio de los que amamos y de los que tememos. Simultáneamente y en todo momento, nos encontramos solos y acompañados.

Somos seres participativos que habitamos una realidad participativa, buscando relaciones que refuercen nuestro sentido de lo que significa estar vivo. En términos de la práctica del dharma, un verdadero amigo es algo más que alguien con el que compartimos valores y que nos acepta tal cual somos. Tal amigo es alguien en quien podemos confiar que refine nuestro entendimiento de lo que significa estar vivo, que nos pueda guiar cuando andamos perdidos y nos ayude a encontrar el sendero a lo largo del camino, que pueda calmar nuestra angustia con la tranquilidad de su presencia.

Aunque tales amistades ocurren naturalmente entre compañeros con aspiraciones e intereses similares, ciertas amistades cruciales también se forman con los que respetamos por haber logrado una madurez y entendimiento mayores que los nuestros. La forma en que mueven su cuerpo y sostienen nuestra mirada, la cadencia de su voz, sus respuestas a las provocaciones repentinas, la facilidad con que descansan y hacen las tareas diarias: todo esto nos dice tanto como nos dicen sus palabras. Nosotros también estamos llamados a responder de esa manera. En este tipo de relaciones no somos meros recipientes de conocimiento. Estamos invitados a interactuar, a desafiar y ser desafiados.

Estos amigos son maestros porque saben aprender de cada situación. No buscamos perfección en ellos sino que acepten de corazón su imperfección. No omnisciencia sino una irónica admisión de su ignorancia. Hay que estar prevenidos contra la seducción de los predicadores carismáticos de la Iluminación. Ya que los verdaderos amigos no buscan forzarnos, ni siquiera de una manera amable y razonable, a creer en lo que no estamos seguros. Estos amigos son como parteras que producen la respuesta de lo que está listo a nacer. Su tarea no es volverse indispensables ni redundantes.

Estos amigos son nuestro vínculo vital con el pasado y con el futuro. Ya que también ellos se nutrieron de amistades, en muchos casos con aquellos que ya han muerto. La práctica del dharma ha sobrevivido a través de una serie de amistades que se remontan al pasado a lo largo de la historia—hasta llegar al propio Gautama. A través de amistades somos parte de una trama delicada que liga generaciones pasadas y futuras. Estos momentos frágiles, íntimos, son unos de deuda y responsabilidad. La práctica del dharma florece cuando estas amistades florecen. No tiene otra forma de transmitirse.

Y estas amistades son nuestro vínculo vital a la comunidad que vive y lucha actualmente. A través de ellos pertenecemos a la cultura del despertar, una matriz de amistades, que se expande en círculos cada vez mayores abarcando no sólo a los “budistas” sino a todos los comprometidos real o potencialmente con los valores de la práctica del dharma.

Las formas de las amistades han cambiado a lo largo de la historia. El dharma ha pasado por culturas sociales y étnicas con diferentes ideales sobre lo que constituye una verdadera amistad. Han surgido dos modelos principales: el compañerismo propio de los comienzos del budismo y el modelo de gurú–discípulo de las tradiciones posteriores. En ambos casos, la amistad ha estado mezclada con cuestiones de autoridad religiosa.

Antes de morir, el Buda dijo que el dharma era suficiente como guía personal. En las primeras comunidades, las amistades se basaban en la aceptación común a las reglas de disciplina que el Buda había diseñado para apoyar la práctica del dharma. La comunidad era una comunión de hermanos y hermanas, bajo la dirección formal de un preceptor paternal o maternal. Aunque reflejaba el sistema de jerarquías de la familia extendida hindú, en la que todos se someten por antigüedad, la autoridad última no yacía en el puesto de una persona sino en las reglas de disciplina. La verdadera amistad estaba modelada bajo el esquema de las relaciones entre hermanos y entre ellos y los padres, con la diferencia de que eran todos iguales ante los ojos del dharma y sujetos a su ley.

Luego de unos cinco siglos, algunas escuelas adoptaron el esquema de gurú—discípulo, también propio de la India. El alumno se rendía a la figura heroica del maestro como una forma de acelerar su despertar. Esta relación reflejaba la del amo y siervo o la de señor feudal con los vasallos. Las diferentes graduaciones de poder entre el gurú y el discípulo fueron utilizadas como un elemento de transformación. Elementos de dominio y sumisión (que entrañaban el peligro de la coerción) llegaron a caracterizar la verdadera amistad. Al aceptar, luego de un cuidadoso examen, a un maestro en particular, se esperaba reverencia y obediencia. En diferentes grados, se reemplazó la autoridad del dharma por la del gurú, el que en algunas tradiciones pasó a asumir el papel del propio Buda. A pesar de los contrastes entre ambos modelos, en la práctica coexistieron. En cuanto a seguidor de las reglas de disciplina del Buda, un verdadero amigo se debía a la comunidad y el dharma, pero en cuanto a gurú era insensible a la crítica hecha por una mente confundida. En la actualidad, la mayor parte de las tradiciones budistas mantienen uno de estos dos modelos, o una mezcla de ambos.

En las sociedades democráticas y seculares de la actualidad, estos modelos de amistad no se escapan de ser cuestionados. Pues podemos ya no sentirnos cómodos en amistades definidas por la jerarquía de una familia extendida, la ley o la sumisión a la voluntad de otro. Podemos no sentir ya la necesidad de usar un uniforme o sacrificar en cualquier sentido nuestra ordinariez. Los nombres exóticos, túnicas, insignias de poder, títulos—las trampas habituales de la religión—confunden tanto como ayudan. Llevan implícita la idea de existencia de una elite cuyo compromiso explícito le confiere una singularidad implícita.

No es que circunstancias diferentes hagan surgir preguntas sobre la naturaleza de la verdadera amistad. Más importante es que notamos que las circunstancias son diferentes. La consciencia histórica pesa. Ya no es posible sostener que la práctica del dharma haya permanecido sin cambio desde la época del Buda. Ha evolucionado y continúa desarrollando formas distintivas peculiares a las condiciones del momento. Ha sobrevivido precisamente por su capacidad de evolución y adaptación creativa al cambio.

¿Cuáles son las características de la sociedad moderna que más probablemente afecten el concepto de verdadera amistad? El respeto mutuo por la autonomía creativa de la experiencia individual tendrá precedente sobre la sumisión a los dogmas de una escuela o a la autoridad del gurú. La responsabilidad de un amigo sería estimular la individualidad, auto–estima e imaginación. Tal amistad puede ser instruida por nociones como la relación “Yo—Tú” de Martin Buber y el ideal de “disponibilidad” por el otro del filósofo católico francés Gabriel Marcel. La práctica puede acercarse a la experiencia de la psicoterapia, en la cual un “espacio libre y protegido” permite encuentros de confianza, apertura y curación. En enseñanza y aprendizaje, el modelo puede ser el de artista y aprendiz, en el que se desarrollan habilidades que estimulan la creatividad junto con competencia técnica y experiencia.

En donde quiera que el budismo se transformó en una religión, la verdadera amistad ha tendido a comprometerse por cuestiones de poder. Tanto el modelo de compañerismo como el de gurú–discípulo han llevado a la creación de cuerpos grandes, impersonales, jerárquicos y autoritarios, gobernados por elites profesionales. En muchos casos, estas instituciones se han convertido en iglesias establecidas, sancionadas y apoyadas por estados soberanos. A menudo, esto ha llevado a un conservadurismo rígido y a una intolerancia al desacuerdo.

Este proceso no es inevitable. Es posible imaginar una comunidad de amigos donde la diversidad no se censura sino que se celebra. En la que el tamaño pequeño es considerado un éxito más que un fracaso. En la que el poder es compartido por todos en vez de estar depositado en una minoría de expertos. En la que mujeres y hombres son tratados realmente como iguales. En la que se valoricen más las preguntas que las respuestas.


Para leer libro completo Budismo sin Creencias de Stephen Batchelor

La Web de Martine y Stephen Batchelor

1 comentario:

Rosario Fernandez Raya dijo...

Muchas gracias. Me ha llegado al alma. Namasté.




"Existen estas cinco realidades en las que uno debería reflexionar a menudo,
ya sea mujer u hombre, laico o monje. Y, ¿cuáles son estas cinco?
El Buda


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Nibbana



“Así pues, la meta para el buddhista no es la felicidad, porque nos damos cuenta de que la felicidad es insatisfactoria. La meta queda lejos del mundo de los sentidos. No consiste en rechazar el mundo de los sentidos, sino en conocerlo tan bien que ya no lo persigamos como un fin en sí mismo.

Ya no esperamos que el mundo de los sentidos nos satisfaga. Ya no exigimos que la conciencia sensorial sea otra cosa que una condición existente que podemos utilizar hábilmente según el momento y el lugar. Ya no nos apegamos a ella, ni exigimos que el impacto sensorial sea siempre agradable, ni nos desesperamos y apenamos cuando es desagradable.

Nibbana no es un estado en blanco, un trance en el que te borras completamente. No es la nada ni la aniquilación: es como un espacio. Es como ir al lugar de tu mente en el que no te apegas, en el que ya no te confunde la apariencia de las cosas. Ya no exiges nada del mundo de los sentidos. Simplemente lo reconoces mientras surge y se desvanece”.