"En donde no esté el Buda pasa rápidamente y sigue sin detenerte;
pero en donde él se encuentre, pasa aún más rápido..."

Arts. Meditación

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miércoles, 11 de marzo de 2009

La objetividad del bien hacer y del mal ídem...




Triste mundo actual de medias tintas, en donde cada cual cree poder hacer lo que se le venga en gana, con quien él quiera, siempre y cuando se sienta bien consigo mismo...

Pese a lo que opinen la mayoría de los diletantes que pueblan nuestra triste fauna del intelecto, el zen no tiene dudas acerca de la realidad objetiva del bien y del mal; nuestra gente no duda un minuto en expresarse a través de la vía del medio para demostrar su verdad, vía irrebatible, cortante como una espada…

Hay una cuento zen argentino que narra que en Córdoba, fue uno que se creía alumno a visitar al que él consideraba su maestro. Una vez allí y charlando -recién llegado de Buenos Aires- le dio toda clase de razones en relación a la relatividad de las cosas y que en verdad todo daba lo mismo y que no existía tal cosa como el mal.

El viejo que estaba a punto de tomar mate allegado al fogón y con la pava caliente “como para pelar chanchos” en la mano, no le dijo ¡Agua va!, dándole vuelta el agua hirviendo en la cabeza. El tipo huyo despavorido...

”¡¡¡¿De dónde te vino eso tonto?!!!” le gritó el viejo desde la puerta.

Al rato llegó la policía y apresándolo lo formalizaron por agresión en la comisaría.

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"Existen estas cinco realidades en las que uno debería reflexionar a menudo,
ya sea mujer u hombre, laico o monje. Y, ¿cuáles son estas cinco?
El Buda


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Nibbana



“Así pues, la meta para el buddhista no es la felicidad, porque nos damos cuenta de que la felicidad es insatisfactoria. La meta queda lejos del mundo de los sentidos. No consiste en rechazar el mundo de los sentidos, sino en conocerlo tan bien que ya no lo persigamos como un fin en sí mismo.

Ya no esperamos que el mundo de los sentidos nos satisfaga. Ya no exigimos que la conciencia sensorial sea otra cosa que una condición existente que podemos utilizar hábilmente según el momento y el lugar. Ya no nos apegamos a ella, ni exigimos que el impacto sensorial sea siempre agradable, ni nos desesperamos y apenamos cuando es desagradable.

Nibbana no es un estado en blanco, un trance en el que te borras completamente. No es la nada ni la aniquilación: es como un espacio. Es como ir al lugar de tu mente en el que no te apegas, en el que ya no te confunde la apariencia de las cosas. Ya no exiges nada del mundo de los sentidos. Simplemente lo reconoces mientras surge y se desvanece”.